“El hambre es el primero de los conocimientos”

El clima se había tornado templado, las nubes comenzaban a aglomerarse presagiando una tormenta y el sol, que había sido abrasador como pocos días lentamente se ocultaba entre aquellos cerros famosos de Tlalnepantla. Todo esto, mientras el sonido de la tetera realizaba su acto de presencia en medio de la estufa cálida de alguna vivienda en medio de todo y a la vez, en medio de la nada.

-¡Ya está listo el té!- gritó Alejandro, un muchacho de 26 años, cuya ocupación durante el día era ser obrero en una de las tantas fábricas que hay en Tlalnepantla pero que, durante las noches, se convertía en el acompañante de insomnio de Claudia, su esposa, mientras cuidaban de su recién nacido.

-Bueno, pues apúrate, que ya va a comenzar- le respondió Claudia mientras ésta encendía su televisor y luchaba con la antena rezando para que ese canal pudiera verse mejor que la noche anterior. Después de todo, eran la siete de la noche, la conferencia del subsecretario de salud estaba comenzando y todo debía estar listo.

-Tu té sin nada de azúcar, que el médico ha sido claro en tu receta- una expresión de burla y de cariño hacían una combinación extraña en el rostro de Alejandro al escuchar a Claudia decirle esto mientras se apresuraba a sentarse a su lado, en medio del pequeño cuarto redondo que, durante el confinamiento, había tomado la forma de un pequeño búnker.

Así, después de unos minutos de haber comenzado la conferencia el rostro de expectación de Alejandro pasó a ser un rostro de confusión y de sorpresa cuando a la mitad de la conferencia una periodista increpó al subsecretario de salud y ponía en duda los datos y las medidas sanitarias que la actual administración había estado informando e implementando hasta ese momento.

-¿Quién será ese tal Narro?- Cuestionaba Alejandro a Claudia mientras tecleaba ese apellido en el navegador de su teléfono celular.

–Debe ser uno de esos que solamente quieren joder a AMLO- respondía Claudia mientras aumentaba el volumen del televisor y así, el nerviosismo de aquella periodista que había sido puesta al frente de batalla contra la agilidad del subsecretario para evadir cuestionamientos se percibía mejor.  

En la búsqueda de Alejandro, se arrojaba lo que había supuesto, un exfuncionario de la pasada administración era el que aquella periodista había mencionado momentos atrás. De modo que, con el semblante serio, se dispuso a prestar atención al resto de la conferencia mientras su esposa se retiraba a calmar al bebé, que con el volumen alto se había despertado.

Una vez terminada la conferencia, Alejandro se dirigió hacia la estufa con la intención de preparar el biberón del bebé, pues Claudia se sentía demasiado exhausta como consecuencia del desvelo de la noche anterior. – ¿La verdad?… y si realmente no nos dicen la verdad ni les importa- él se decía a sí mismo mientras daba el último apretón al biberón. En este momento, al calor de los focos en mal estado que en realidad hacían el mismo trabajo que una vela, Alejandro recuerda que el descanso que el dueño de la fábrica les había otorgado a él y a otros trabajadores solamente cubría con el salario dos quincenas. –Y si esto verdaderamente se complica y se alarga más meses perderé mi tra… ¡no!- pensaba Alejandro mientras llamaba a su supervisor para cuestionarle el pago de la segunda quincena y lo que podría proceder si el confinamiento se extendía aún más.

-¡Yo estaré cualquier día allí, si es que así lo quiere don Riquelme, a cualquier hora!- respondía Alejandro, con una voz a punto de quebrarse al teléfono, desconcertado, al escuchar que ante la posibilidad de una cuarentena más larga, Cesar Riquelme, el propietario de la fábrica, pensaba en recortar el personal y con ello, el número de familias mexicanas que quedarían en circunstancias desfavorables podría adherir a la de Alejandro.

Ese sentimiento de incertidumbre que solamente una persona desesperada que ha mirado hacia el abismo y queda absorbido por su oscuridad puede poseer, de pronto, inundó al muchacho de 26 años, quien, impotente, colgaba el teléfono mientras el televisor sintonizaba el mismo canal que horas antes era el espectáculo de su esposa Claudia y de él. En ese canal, la noticia más fresca del momento, minutos después de dar por terminada la conferencia en la que una periodista había intentado cuestionar mediante malabares la veracidad de los datos y la eficacia de las medidas sanitarias de la administración actual, era que el subsecretario de salud se había tomado unos minutos para recitar El Hambre, poesía de Miguel Hernández, con semblante sereno y esa tranquilidad envidiable que tanto le caracteriza.

Claudia, a lo lejos, batalla con la pequeña criatura en el intento de calmar su desesperación. –El llanto del bebé va a despertar a doña Julia y con esto, seguro que ahora sí nos corre de la vecindad, acuérdate que ya nos lo advirtió- le mencionaba a Alejandro, mientras éste, con su rostro fingido, como si la llamada con su supervisor jamás hubiera existido, contemplaba la gran diferencia que había entre la luminosidad que irradiaba ese funcionario público con su rostro polveado y adornado con palabras poéticas frente al parpadeo de los focos de su vivienda que, seguramente, estaban por llegar al fin de su ciclo.

-El subsecretario también es un amante de la buena literatura, la 4T tiene un ‘rockstar’ a todo lo que da y no se ve que le afecten las críticas, ¿no lo crees, Carlos?- preguntaba la conductora estelar del noticiero nocturno a su compañero en el estudio. –Así es, El Hambre lo ha dedicado a los niños y jóvenes mexicanos, quienes hoy más que nunca necesitan de un empujón y de aliento- respondía el otro conductor.

Alejandro presencia el diálogo completo de los conductores en el estudio con la imagen del sonriente subsecretario en el fondo, mientras observa del otro lado del cuarto como su esposa intenta ocultar las lágrimas que de su rostro caen y que, al mezclarse con las del recién nacido, forman un pequeño charquito de realidad mexicana que termina por ahogar la pequeña barca de esperanza y de tranquilidad que la “sana distancia” predica mediante sus precursores. Y así, en alguna vivienda de Tlalnepantla, así como pudo haber sido en cualquier parte de México, el hambre funge como motor incondicional de sus habitantes, así como pudo haber sido en cualquier otra persona, pero no, no lo es aquí.

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