Reflexiones de un Medico de guardia en tiempos de pandemia

Me desperté muy apenas, la verdad la guardia de anoche fue demasiado intensa, no tuve muchos ingresos, pero el código azul resonó por lo menos unas cuatro veces indicando que algún paciente entro en paro cardio-respiratorio. Todo este estrés está haciendo que no pueda dormir bien, creo que solo dormí dos horas, pero bueno yo solito me metí en esto, yo decidí ser médico.

Como puedo me incorporo, estoy todo molido, pero me necesitan así que ya tengo que ponerme las pilas y a comenzar el día. Preparo mi maleta para después del hospital y me dispongo a bajar a desayunar. Tengo que gritar que voy hacia abajo para que todos empiecen a tomar sus posiciones. Mi madre me prepara mi desayuno de campeón y me lo deja en la mesa, junto con mi chokomilk pero todo en desechables. La mesa recubierta de plástico, junto con mi silla, hace que me sienta como leproso en mi propia casa, pero realmente es necesario para mantenerlos a salvo de este maldito virus. Pronto termino y tiro todo mi tianguis a una bolsa y directo a la basura. Me despido de mi madre, ya hace tres semanas que no le puedo dar un beso, ella me da su bendición de lejitos y salgo a la guerra.

Estoy en mi estación de metro esperando a que llegue el tren, esta tan lleno como si no pasara nada, solo que todo mundo esta con su cubre bocas mal puesto. De verdad, no sirve de nada si tienen su nariz de fuera, pero bueno por más que uno les dice, solo dirán “es que no puedo respirar y me da calor”. Para mis adentros solo digo: te lo tienes que poner bien para que justamente no dejes de respirar por la falta de oxigenación y te va a dar más calor por la fiebre. 

Por fin llega mi tren y logro conseguir un asiento, los que tomen el metro saben lo maravilloso que esto es. Me acomodo y me dispongo a pasar mi hora de traslado diario y saco mis audífonos de mi mochila y ocurre el horror.

Sin querer se salió justo la parte de mi bata con el bonito logo del IMSS, trato de meterla lo más rápido que puedo, pero ya es demasiado tarde. Como si fuera película de terror, la señora de lado grita para que todo el mundo se entere: “Sácate de aquí que nos vas a contagiar a todos”. Esta señora está haciendo un escándalo terrible y todo el mundo me voltea a ver como si fuera una cucaracha gigante, todo el mundo grita que me baje y se alejan lo más que pueden de mí y ahora si se ponen bien los cubre bocas. Uno que otro tiene cara de vergüenza ajena y me ven con una mirada condescendiente pero realmente nadie me defiende. No es mi culpa que tu querido presidente no nos ponga transporte exclusivo a los doctores y por jodido tener que compartir tu aire en el metro. Pero bueno no quiero pelear, tengo que guardar mi energía para el hospital, así que me bajo en la siguiente estación, dejo pasar un tren y otra vez estoy en ruta, ahora si con la mochila bien cerradita.

Saliendo del metro todos los puestitos están abiertos, y veo a mi querida doña Chenchis que me provee de mi poderosísimo coctel de frutas todas las mañanas. Esta señora ha estado aquí desde tiempos inmemoriales y la verdad es que ya se ve que los años no han pasado en vano. Por lo menos unos 60 si anda teniendo esta señora. Hay de veras que está viendo y no ve.

  • Señora que hace usted aquí, debería estar en su casa encerradita y protegida.
  • Hay doctorcito, primero me mata el hambre que el virus.
  • Pero por lo menos póngase su cubre bocas y sus guantecitos, no le ande jugando al vivo.
  • Pero me da calor y ni puedo respirar con esa cosa, y además de algo me he de morir.

¡¡¡Haaggg es enserioooooo!!! Hay ya, la verdad me rindo con este tema. Solo puedo desearle lo mejor a mi Chenchis querida, y retirarme de ahí con mi coctel. Ahora si viene lo bueno.

Llego al hospital y como cabía esperar esta hasta la madre. Ni bien entro, veo a todo el mundo de un lado para otro, la sala de espera está a reventar y los familiares que me reconocen me interceptan antes de poder dar otro paso.

  • Doctor como va mi esposa, desde hace tres horas que no me bajan a dar informes.
  • Perdóneme Sr. Vargas, la verdad es que voy llegando y no he visto a su esposa.

La esposa del Sr. Vargas llego hace cuatro días, con mucha dificultad para respirar y presentando fiebre de 39°, una señora relativamente joven aun de 47 años de edad y madre de dos chiquillos.

  • ¿Cómo que va llegando? Pues a donde se fue, su deber es estar atendiendo a mi esposa. Que falta de vocación la suya “doctorucho” de quinta.
  • Siento su enojo Sr. pero anoche tuve guardia y salí hoy en la madrugada. En cuanto tenga noticias de su esposa yo le aviso.

Me retire de ahí con el Sr. Vargas gritándome de hasta que me iba a morir a mis espaldas. Esto es cosa de todos los días, ya debería estar acostumbrado. Pero bueno al parecer, al ser doctores renunciamos al derecho (y necesidad) de dormir y tener un rato de descanso.

Entro a mis dominios del área de cuidados intensivos. Procedo a ponerme religiosamente mi pijama quirúrgico tal cual y dicta la OMS. Y en este tiempo pandémico, ponerme el traje de astronauta. Esto es bastante tedioso, de verdad se quejan de tener que lavarse las manos constantemente, deberían ver lo que es hacer este ritual todos los días.

Voy a la cama de la esposa del Sr. Vargas y veo que aun esta con hipoxemia, su oxigenación está por debajo de 80% y sus dedos comienzan a verse amoratados. Afortunadamente ya se pudo controlar la fiebre, pero aún necesita estar conectada al respirador. Indico que se le administren los anticoagulantes correspondientes, ya que es lo que se está viendo que ha funcionado alrededor del mundo. A lo mejor tendremos que ponerla de cabeza para que mejore su oxigenación.

Me paso a ver como transcurrió la mañana, para mis pacientitos. A Rosalba ya está un poco mejor, lo más seguro es que ya la demos de alta en estos días. Y Arturo no ha pasado muy buena noche, se le tuvo que activar el código azul mientras yo estaba en mi casa. Estoy apenas viendo cuál es su situación, cuando llega un ingreso.

Martha una joven de 28 años llega con insuficiencia respiratoria, estaba guardando cuarentena en casa hasta que ya no pudo más con el no poder respirar. Se le había dado su resultado positivo hace dos días y este era su séptimo día desde que presento síntomas. Normalmente es este el pico de la enfermedad, al séptimo día es cuando más ataca. Me dedico a dar el consentimiento informado para que no haya ningún problema y ella sepa que se le va a hacer. Afortunadamente ella acepta el tratamiento, hay algunos que no lo hacen y es un relajo hacerlos firmar su responsiva. Estamos tratando de estabilizarla cuando suena la muy temida voz.

  • Código azul en la cama 245 de cuidados intensivos.

La cama de la esposa del Sr. Vargas. Oh rayos. Entro en paro cardio-respiratorio y empezamos maniobras de reanimación. Estoy encima de ella dando masaje cardiaco hasta que veo que de verdad eso no funcionara y pido que traigan el desfibrilador. Doy la orden de despejar y lo intento una, dos, tres, cuatro veces. No responde. Me siento un fracaso mientras pido que anoten la hora de fallecimiento. De verdad lo intentamos todo. Nada en todos los años que dura la carrera de medicina te enseña a desapegarte de este sentimiento de fracaso. Nos enseñan a preservar la vida, y sabemos que no podremos salvar a todos. Pero cada perdida si nos deja marcado de cierta manera. Finalmente, también somos seres humanos tratando a otros seres humanos. Me toca la peor parte, informar a los familiares.

  • Pero si ella estaba bien ayer – el Sr. Vargas llora fuertemente y me mira con ira – Toda vía ayer me dijeron que estaba mejorando, que ahí la llevaba, como es posible que justo cuando usted se va a descansar pasa esto. Es su culpa, de seguro me la mataron, por aquí están diciendo que los están matando para sacarle su liquido de las rodillas. Malditos Doctores.

Entiendo el dolor del Sr. Vargas, de verdad lo intentamos todo, pero no importa lo que diga sé que nada lo hará cambiar de parecer. De verdad no queremos lucrar con esto. El líquido de las rodillas no sirve para nada. Solo queremos salvar a los más posibles, exponiéndonos a nosotros mismos. Yo quería salvar a su esposa. Me pregunta cómo se lo dirá a sus hijos, tienen un pequeño de 8 años esperando a mamá con su regalo de 10 de mayo que es mañana. No sé qué decir. Ni siquiera me acordaba que día era. Me voy y tengo que tomarme 5 min.

Él no sabe cuánto necesito un abrazo de mi propia madre en estos momentos, no la puedo tocar, no la puedo abrazar ni dar su beso. No puedo chocar los cinco con mi hermano, me aterra estar cerca de ellos. El quitarme el traje es lo peor porque si no lo hago bien llevare el virus a casa. Si te falla por un poco y el uniforme te roza el virus se pega a ti, aquí es cuando más médicos se infectan. No me perdonaría si los contagio. Están diciendo que ya quieren levantar la cuarentena y yo solo tengo miedo de que los contagios aumenten por esta decisión anticipada.

Apenas son las 4 de la tarde y aún me faltan otras 12 horas por estar aquí. Tomo energías de dónde puedo y me dispongo a seguir. Suena el código azul de nuevo.

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