La sociedad del cansancio en tiempos del Covid-19

Tiempos malos crean seres fuertes; seres fuertes crean tiempos buenos y los tiempos buenos crean seres débiles. Ésta es sin duda alguna una de las frases más representativas del modelo de la meritocracia y racionalidad instrumental orientada a fines de la sociedad moderna, puesto que la premisa que invoca este dicho recae en el peso que los seres humanos tenemos para transformar la realidad social y natural; después de todo, Aristóteles escribió en su Política que somos el zoon politikon, es decir, animales sociales que vivimos con la necesidad de relacionarnos y que solamente podemos sobrevivir gracias a ella. Es justo mencionar que a pesar de que ya hayan pasado miles de años, tal sentencia cobra demasiado peso en este año 2020, tan turbulento y repleto de fenómenos y acontecimientos que difícilmente pudieron haber sido profetizados por la más pesimista de las personas, pues las relaciones sociales humanas han tenido que verse sometidas a una metamorfosis obligada, una metamorfosis que apela a la supervivencia no del más fuerte ni del que mejor se adapte el cambio, sino que apela a la supervivencia del que se pueda auto explotar y no morir  por ello en este confinamiento.   

En tiempos del Covid-19, las diferentes sociedades del mundo han tenido que mirar más allá del horizonte inmediato, tomando las medidas necesarias para que el impacto mortal de esta pandemia pueda verse reducido a la mínima pérdida humana y con ello, asegurar una mínima pérdida económica. Esto es, que las medidas sanitarias para evitar aún más la propagación del covid-19 han recrudecido y visibilizado mucho más las prioridades a mediano y largo plazo para el sistema económico imperante, pudiendo observar mecanismos que pretenden reducir a lo más insignificante la dignidad humana con tal de que la producción no se detenga. No es de extrañar para nadie que la preocupación más importante para los mandatarios y las agendas de los distintos Estados del mundo sea la del impacto económico y en ese punto, una muy probable recesión mundial, pues después de todo, es el mercado mundial quien controla y dispone la política internacional.

Ahora bien, la sociedad gobernada y los individuos que la componen no son la excepción a la hora de mostrar preocupación por la situación que la crisis sanitaria ha provocado en diferentes ámbitos de su vida y rutina diaria. Basta con observar la negativa de algunos ciudadanos por acatar por completo el confinamiento que los diferentes gobiernos han predicado, pues ante la falta de apoyos gubernamentales que permitan a cada ciudadano sobrevivir encerrado por meses en medio de una total incertidumbre, el temor a la muerte provocada por el hambre sobrepasa a la muerte que pudiera ocasionar el virus. Cientos de miles de personas son las que a diario salen en busca de monedas para permitirle a ellos y a los que tienen como responsabilidad sobrevivir, cuestión que se ha maximizado en este año pero no es reciente y ha imperado desde antes de la llegada del Covid-19. “Es la realidad mexicana, pues el mexicano es trabajador por naturaleza”, dirían algunos eruditos e intelectuales liberales justificando la supervivencia que la mayor parte de la sociedad mexicana ha adoptado como modo de vida gracias a un determinismo social. No obstante, el romantizar la labor suicida de estos cientos de miles de ciudadanos al cruzar lugares como el metro de la CDMX y el colectivo tradicional mientras codo con codo transpiran un lamento que sigue estando mudo, solamente refleja que las condiciones del neoliberalismo que Byung-Chul Han ha descrito como base primordial de la que ha llamado La sociedad del cansancio se han vuelto más legítimas.

Foto: Pexels

El individuo del rendimiento

Ésta sociedad del cansancio no es más que el conjunto de individuos que, en el neoliberalismo de fines del siglo XX y todo lo que ha sido parte del siglo XXI sostienen como modo de vida,  influyendo en todo el aparato social y las relaciones humanas que de éste se desprendan. El filósofo surcoreano señala que el individuo de la sociedad moderna se auto explota y se auto exige sin necesidad de que haya un capataz o un panóptico velando por su rendimiento laboral; esto es, que la sociedad disciplinaria de mediados del siglo XX, en donde las empresas mantenían control sobre sus trabajadores para que estos, mediante el mecanismo minucioso de vigilar y castigar pudieran garantizar las ganancias mediante trabajo duro y arduo, se ha terminado y lo ha hecho para dar paso finalmente a la sociedad del rendimiento. La sociedad del rendimiento es una sociedad que, como su nombre lo indica, busca que el individuo mismo sea quien en búsqueda de un rendimiento óptimo se ejerza a sí mismo la vigilancia y el castigo, ¿cómo y de qué manera? Pues bien, ahora el éxito laboral y social depende de uno mismo, nadie está detrás para decir lo que tiene que hacer o en qué se tiene que preparar, sino que el individuo tiene que ver por dónde puede meterse al mundo laboral y como mantenerse.

El individuo tiene que levantarse muy temprano por la mañana, prepararse una taza de café que le permita mantenerse despierto en el trayecto de su casa a su lugar de empleo y que, ya estando en éste último sitio, beba un sinfín de café para rendir óptimamente en la jornada de oficina para más tarde, ir a la universidad y adquirir los conocimientos que exige el puesto alto que le permitirá solventar la renta del departamento eficientemente; o por otro lado, el individuo moderno tiene que acudir a las cinco de la mañana a la fábrica, aún sin nada en el estómago, esperando a que sea el medio día para acudir al lugar de comida por media hora, y  que luego de esto inmediatamente pueda reincorporarse a la máquina, tratando de no desaprovechar ningún minuto que pudiera descontarse de su nómina mensual. El individuo que no triunfa económicamente es porque no quiere aprovechar las oportunidades de rendimiento individual que ofrece la sociedad moderna. Las relaciones humanas de interacción han pasado a segundo plano y Aristóteles ha sido rebasado.

Foto: Pexels

Es por eso que las personas con ojeras enormes y con nulo espacio de tiempo para solventar sus necesidades recreativas son los héroes de hoy que han sacrificado sus vidas para vivir bien; es por eso que las personas que a pesar del Covid-19 salen día a día para trabajar y llevar el sustento a sus hogares son poseedores de un heroísmo sin igual, que inspira y alienta al pueblo de México. Un heroísmo grande pero que debe aplaudirse de lejos, desde el balcón de un edificio en Coyoacán, cuando el mexicano que ha hecho un espacio de media hora, después de haberse pasado la noche en vela cumpliendo con su Home Office, se puede dar el lujo de entonar Cielito lindo y grabarlo para después compartirlo con sus compañeros de clases online. El animal político se ha convertido en un animal de rendimiento en esta llamada sociedad del cansancio.

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