Ser niña, pobre y potosina es un crimen que se castiga con muerte

Aunque el sol entró por la ventana y quemaba brazos y manos de todos los estudiantes en el salón, Ángela no interrumpió su actividad. La profesora, les pidió a sus alumnos que hicieran un dibujo sobre su lugar favorito. Ella había dibujado las cascadas de Tamul, aquellas que le impresionaron por el ruido e inmensidad la primera vez que las vio. Su madre, de vez en cuando la llevaba a ella y a sus hermanos a un lago cercano para que nadaran y comieran mangos y naranjas después de pasar mucho rato en el agua y antes de caminar a casa.

De color café hizo las rocas que rodeaban y le daban forma a la caída del agua, de azul por supuesto, coloreo el agua y aun costado, de color rojo y negro agrego otras formas.

-¿Por qué pusiste una fogata Ángela? – Ángela sin preocupación, dijo que no era una fogata.

– ¿Entonces qué es?

– Pepe –  respondió con esa voz tan suave que la caracterizaba, pero con mucha firmeza.

– ¡Es cierto! Tu amigo, del que me has contado.

Pepe no era su amigo, pero Ángela se quedó callada y un número diez fue puesto sobre ese dibujo.

-Siempre coloreas tan bonito, aunque precisamente eso no parece una persona, porque no le pones una sonrisa a Pepe anda.

Ángela regreso con su dibujo en sus manos sin dejar de ver el rostro de Pepe, a ella no le gustaba que él sonriera. La profesora pensó un poco más en lo extraño que había dibujado a Pepe, Ángela siempre solía dibujar a las personas si bien, no siempre proporcionadas o con detalles, pero si era fácil de distinguir, ojos, nariz, manos, etc. A Pepe, Ángela lo había puesto con muchas manos, que parecían ramas, como las de una fogata. 

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Pero enseguida, Javier una vez más molestaba a uno de sus compañeros, la profesora tuvo que cambiar de pensamientos si quería evitar lloriqueos de niños.

Ángela regreso a casa con sus hermanos mayores, ellos de 12, 13 y 15 años, respectivamente. Ella, aún tenía 9, era la menor, la de piel más morena y cabello más negro, el cual, siempre llevaba en dos trenzas.

Cuando llegaban a casa todos, en el caso de los hermanos, solo era para dejar la mochila y comer un taco de las sobras del desayuno, ya que la única que se quedaba  en casa era Ángela.  El de 15 años se iba ya a trabajar a una tienda cercana, los niños de 12 y 13 años se iban con Antonio cada lunes y miércoles, ya que Antonio les daba unos cuantos pesos por ayudarle a construir una casa. Tenían que cargar costales, subir tabiques, preparar mezcla, entre otras actividades que distinguen a los albañiles.

Ese día, la pequeña de 9 años espero a que sus hermanos se salieran y enseguida cerró la puerta del cuarto en el que vivían, le puso el seguro y debajo de la mesa se puso a limpiar los nopales, pero no pasaron ni 5 minutos cuando escucho, aquella voz, la que se oía como si fuera de un monstruo, pero era la de un hombre.

-Ángela, pequeña Ángela… – Escuchó y sus ojos se quedaron pasmados, con tres dedos de su mano izquierda detenía un nopal a medio limpiar y con la mano derecha presiono el cuchillo más fuerte.

-Ángela, ¿Puedo pasar? – Pregunto aquella voz masculina pero sin ser demasiada gruesa, se trataba de un hombre joven, uno de aproximadamente 27 años.

Ella dejo suavemente el nopal en el traste, el cuchillo en el suelo y con mucho cuidado, se asomó a la ventana.

-¡Hey Ángela! ¡Hola! – Él ya la había visto y no solo eso, el joven ya tenía medio cuerpo dentro de su pequeña casa.

-¿Qué haces Ángela? Te vas a ensuciar y tu mamá te va a regañar – con las rodillas en el suelo, con sus manos en los costados y con la mirada hacia el piso, con un tono casi inaudible dijo –  No, no me regaña.

-Como no, mira – Al decirlo, él, quien se llamaba Pepe, ya estaba justo delante de ella poniendo las manos sobre la prenda que cubría sus piernas.

-Estas muy sucia ven, tenemos que limpiarte – El cuerpo de Ángela se puso tenso, ante el ligero jaloneo de muñeca que Pepe le hacía.

-Tengo que limpiarte, no quiero que te regañen – Mintió Pepe y Ángela se tomó con firmeza de la pata de la mesa.

-¿Estas segura que no quieres? Recuerda quien le da el sueldo a tus hermanos – Angela nunca entendía porque su respiración era difícil justo en esos momentos, tampoco se explicaba porque su cuerpo se tornaba frió y lo que menos entendía era el inmenso llanto que apretujaba en su pecho y garganta – No quiero – Alcanzo a decir pero, pepe era casi tres veces su tamaño físicamente, sus brazos y piernas eran tan largas que parecían ramas.

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Pepe la soltó y sin decir nada, saco de sus bolsas dulces, los favoritos de Ángela, los de cajeta.

-Mira, te compre tus dulces favoritos, sabes que no te haré daño, yo te quiero y mucho, solo quiero ayudar a tu familia, pero por eso debes de ser agradecida.

Ángela, se soltó de la pata de la mesa y abrazo con ambos brazos su estómago sin dejar de mirar el suelo. 

-Sé que quieres uno, mira toma –  Pepe comenzó a abrir el dulce y se acercó a Ángela, ella lo vio y justo en ese momento, Pepe cargo a la niña. – Sabes que te quiero y mucho, tómalo para que veas que no me enojo por eso que acabas de hacer.

Ángela tomo el dulce e intento darle unas chupadas a la paleta, Pepe se sentó con ella sobre sus piernas y él comenzó a besar su rostro mientras metía uno de sus dedos en su pequeña vagina.

A ella le dolió mucho las primera veces, pero con el tiempo, cada vez que pasaba eso, ella logró llevarse con su imaginación a esa casa que imaginaba cuando jugaba y tenía tiempo únicamente para sus muñecas.

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Mientras todo esto ocurría, se llevaba a cabo un congreso muy importante en San Luis Potosí, importante claro, para la Diputada María Fernanda Gutiérrez, mujer feminista y doctora en ciencias sociales, quien había preparado durante meses su exposición sobre modificar los artículos que castigaban a las mujeres con prisión por abortar.

Ella, una mujer de cadera y busto prominente, con labios rojos y cabello mal teñido se paró muy segura delante de todos esos machos de doble moral que siempre acudían a opinar sobre sexualidad femenina, desde sus prejuicios y creencias retrógradas, o al menos, así era como sus amigas y colegas discutían cada vez que ellos lanzaban una opinión sobre los derechos de las mujeres.

-San Luis Potosí tiene el 4to lugar a nivel nacional en embarazo infantil, estamos hablando de niñas, ni siquiera mujeres, son pequeñas de 8 y 9 años que están quedando embarazadas como producto del abuso sexual infantil. La mayoría de esas niñas mueren al intentar dar a luz, su cuerpo no aguanta el proceso y no podemos abandonarlas, no podemos seguir con un sistema que las criminaliza, si al menos pudiéramos darles acceso a educación y salud sexual, a su derecho de ejercer un aborto seguro y gratuito. Son niñas y adolescente de escasos recursos, las niñas ricas se van a la Ciudad de México a abortar, pero la mayoría viven al día y no cuentan con los recursos suficientes.

María Fernanda decía cada palabra con furia controlada, tenía ganas de gritarles a todos los oyentes, a esos necios que miraban su celular mientras ella hablaba, que la veían como si ella contará una película de ciencia ficción con trama aburrida. María quería aventarles los folders pero, no podía.

Cuando fue la hora de votar por legalizar el derecho al aborto en el periodo de los tres primeros meses de gestación, los diputados y diputadas de otros partidos, votaron por el: no.

Fue tan solo el voto de María y los dos diputados colegas con los que iba, quienes votaron por legalizar el derecho de que la mujer potosina pueda abortar de una manera segura, sin prejuicio ni más daños a su salud.

María Fernanda sentía que le salía fuego de la boca, odiaba al sistema, odiaba cada día que veía una injusticia, odiaba la casi nula influencia que tenían sus intentos de lograr un cambio.

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Ella llegó a su departamento, después de una larga discusión con sus colegas, después de concluir con frases como “Esto aquí no termina” “Esto fue solo una batalla, la guerra la vamos a ganar”, intento animarse y se forzó a continuar con su labor y seguir luchando para conseguir leyes que protejan a las mujeres.

Al día siguiente, la profesora de Ángela nuevamente no sabía qué hacer con tantos grupos combinados a causa de que en el pequeño colegio del pueblo no existían salones ni profesionistas para cada grupo, así que decidió nuevamente dejarles como última actividad hacer un dibujo, pero ahora pidió que dibujara lo que les gustaría ser de grande.

Ángela no hizo un dibujo, se limitó a escribir sobre la hoja blanca: Cuando sea grande, me gustaría que nadie me tocara.

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