En la mente de un genio creativo: así era Salvador Dalí

En medio de una gélida madrugada del 29, Salvador Dalí se levantó de su cama en París con una firme intención: hacer de su persona una obra de arte viviente. Sin más se dirigió al tocador, tomó un rastrillo con sus diestras manos de pintor y se rasuro las axilas hasta sangrar. Con los mismos fluidos que emanaban de sus heridas, embadurnó su cuerpo hasta adquirir un manto carmesí semitransparente que posteriormente cubrió con una camisa horadada que dejaba entrever tanto sus pezones como el ombligo. Para complementar su atuendo se puso los pantalones al revés, se untó excremento de cabra y dejó colgar una flor roja de geranio en su oreja. 

Coinciden, aquellos quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, que el máximo exponente del surrealismo español, era un ser tan extravagante como multifacético: siempre buscaba la manera de llamar la atención a toda costa.

Él mismo lo hace constar de forma tácita en su autobiografía La vida secreta de Salvador Dalí; un texto anecdótico con tintes megalómanos que tuvo a bien dejar para la posteridad. Ahí destaca un relato de su infancia temprana que se desarrolla al interior de su salón de clases, en el colegio de la Inmaculada Concepción de Figueres. La profesora estaba ausente y todos los pupilos gritaban y parloteaban frenéticamente; situación que terminó por llevar a la desesperación al joven Dalí. Decidido, saltó del pupitre y corrió tan rápido como sus cortas piernas le permitieron, manteniendo la mirada fija en el muro. Poco antes de llegar, agachó la cabeza y embistió la pared con la furia de un toro al que le acababan de dar una estocada.

Al tiempo que la sangre escurría por su frente, la profesora acudía en su auxilio. Ignorante de la escena, les gritó con aires histéricos a sus alumnos:

—¿Quién carajos golpeó a Salvador? ¡Contesten cobardes!

 Alzando la mano temblorosa, una niña se armó de valor y contestó: —se lo ha hecho él mismo.

Sin dar crédito a sus palabras, la docente miró donde yacía el herido.

—¿Alguien te obligó? ¿Pero por qué lo has hecho?  

Dalí simplemente respondió: —lo hice para que todos callaran y voltearan a verme—

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech nació en la mañana del 11 de mayo de 1904 en el seno de una familia burguesa, su padre, Salvador Dalí i Cusí, fue un estricto notario, librepensador, federalista y hasta impulsor del esperanto en lengua catalana. Su madre, Felipa Domènech i Ferrés, una sensible y religiosa dama aficionada a los pájaros, se le aduce en muchos sentidos la culpa del carácter tan caprichoso e insolente que su hijo forjó durante la infancia y que mantuvo a lo largo de su vida. Curiosamente, 9 meses exactos antes de su nacimiento, los padres de Dalí habían perdido al que fuera su hermano, un niño del mismo nombre que murió a causa de un catarro gastroentérico infeccioso. A partir del trágico hecho y una vez que nació su segundo hijo, el señor i Cusí decía que Salvador era la reencarnación de su primogénito fallecido, cuestión que Dalí terminó creyendo y reflejando posteriormente en sus obras.

Quizás desde aquel momento el surrealismo trastocó su vida: a los 5 años tenía que acompañar a sus padres al cementerio para dejar flores sobre una lápida en cuya inscripción aparecía su propio nombre.

Propietario de un carácter fuerte y a veces complicado, Salvador Dalí se sentía merecedor de todo desde muy temprana edad. Muchos años más tarde asentaría en su autobiografía: “A los cuatro años quería ser cocinero. A los cinco quería ser Napoleón. Mi ambición no ha hecho más que crecer y ahora es la de llegar a ser Salvador Dalí y nada más”.

De complexión esbelta y estatura promedio, el físico del pintor no tenía nada excepcional, salvo su muy recordado bigote que llevó a la exageración. Hay quien dice que este rasgo tan característico fue adoptado por Dalí en honor de Diego Velázquez, un pintor barroco de origen andaluz que también poseía un mostacho prominente. Otras teorías sugieren que Josep Margarit fue el modelo del que se inspiró. Se trataba de un militar catalán cuyo retrato colgaba de una pared en la sala de estar de su casa paterna.

UNA SEXUALIDAD CAÓTICA

La relación de Dalí con las mujeres nunca se dio de la mejor forma. Desde su juventud hasta bien entrada su madurez mostró una desdibujada identidad sobre sus preferencias sexuales.

En la década de los años sesenta, tras haber asistido a una corrida de toros en Barcelona, Dalí fue a dar a un burdel. Estando allí, solo pidió ver a las prostitutas sin tener ningún tipo de contacto físico con ellas, pues el placer que experimentaba era puramente visual. Eso sin mencionar la aprensión exacerbada que le producían las enfermedades venéreas. Incluso en sus experiencias más voyeristas guardaba una prudencial distancia de 3 metros como mínimo. Este miedo procedía de su niñez: para educar al futuro pintor respecto a las enfermedades de transmisión sexual, el padre de Dalí dispuso en el comedor de su casa un libro ilustrado que mostraba las más horrendas consecuencias de la sífilis, la gonorrea y demás afecciones por el estilo.

Siendo Dalí un joven mancebo, mantuvo una relación sentimental con el escritor Federico García Lorca. Se conocieron en 1922, en la Residencia de estudiantes de Madrid (cuando tenían 24 y 18 años respectivamente). Fue una gran historia de amor que nunca llegó a trascender. Lorca, con un sentido erótico más abierto, fue mucho más consciente del amor que sentía hacia su amigo. Tan pronto Federico conoció a Salvador se enamoró perdidamente de él. Dalí nunca aceptó su homosexualidad, entre otras cosas por la influencia de un padre muy severo, el notario de Figueras. A pesar de todos los obstáculos sociales que había en su contra, mantuvieron una estrechísima relación personal y artística, hasta 1928 cuando se produjo entre ambos un distanciamiento mutuo.

Posteriormente al rompimiento definitivo con Lorca, en el verano de 1929, Dalí invitó a algunos miembros del círculo surrealista: René Magrite, Camille Goemans, Paul Eluard y a sus respectivas parejas a su casa ubicada en la provincia española de Cadaqués. Paul Eluard, uno de los más destacados poetas surrealistas, era un burgués de cascos ligeros. A simple vista era un puritano, pero en el fondo ardían en su cabeza las más retorcidas perversiones.

GALA, LA MUSA RUSA

Eluard solía llevar consigo fotografías de su entonces esposa Elena Diakonova completamente desnuda, misma que mostraba con singular orgullo a sus colegas surrealistas. De a poco fue introduciendo a Elena en una apertura sexual desmesurada, en la que el voyerismo era tan habitual como la bisexualidad o el exhibicionismo, los cambios de pareja o las orgías. Fue gracias a Eluard que Elena, mejor conocida como Gala, entró en el mundo de las vanguardias artísticas.

Tan pronto como el pintor italiano Giorgio de Chirico ingresó a las filas del movimiento surrealista sus miembros no tardaron en hacerle saber que podía disponer de Gala para lo que su inspiración le dictara. De Chirico, no rechazó la oferta, ni mucho menos Max Ernst cuando se vio inmerso en la misma situación. Así, otros muchos corazones surrealistas fueron seducidos por la misteriosa Gala, cuyo origen ruso constituía una garantía de exotismo y misterio.

La relación que sostuvo Gala con todos estos pintores y poetas no fue mas que una aventura pasajera, no así cuando conoció a Dalí. Prueba de lo anterior es que permanecieron juntos más de medio siglo contra viento y marea.

El amor que Salvador profesó hacia su musa fue tan desmesurado como extravagante. Al referirse a sus sentimientos por Gala, Dalí una vez sostuvo:

“Amo a Gala más que a mi padre, más que a mi madre, más que a Picasso y más incluso que al dinero”

También la llegó a describir como “la otra parte de mí mismo”. Sin duda su alma gemela. Posiblemente, de no haber existido Gala, los cuadros de Dalí hubieran sido egocéntricos y narcisistas hasta lo desagradable.

GIROS POCO CONOCIDOS DE DALÍ.

Entre sus muchas ocupaciones artísticas, Dalí protagonizó algunos comerciales para la televisión. En uno de ellos el autor de La persistencia de la memoria anunciaba los chocolates franceses Lavine a finales de los setenta.

La toma arrancaba mientras el pintor mordía una barra de chocolate con los ojos entrecruzados como si estuviera bizco. A partir de un rudimentario efecto se simulaba que sus bigotes se movían solos. Finalmente, el pintor remataba con la frase Je suis fou de chocolat Lavine (yo estoy loco por el chocolate Lavine).

Las aerolíneas Branif, el famoso antiácido Alka-Seltzer y un vino catalán que llevaba por nombre Veterano, también formaron parte de la faceta de presentador televisivo de Dalí.

En otra vertiente, mientras Salvador se encontraba trabajando en su taller al norte de Figueres, recibió la inesperada visita del empresario Enric Bernat, quien tenía una propuesta entre manos: rediseñar el logotipo de su nuevo producto; las mundialmente famosas paletas Chupa Chups.

Siendo un maestro consagrado, y contando ya 65 años de vida, Dalí aceptó el reto. Tomó la paleta y tras examinarla con ojo de joyero dictaminó su veredicto:

— Señor Bernat, lo que vuestro producto requiere es más que obvio.

Dicho esto, tomó un par de hojas de papel, se dirigió a su restirador y sesenta minutos después había creado la icónica conjunción del girasol amarillo con letras rojas que hasta nuestros días continúa siendo el inconfundible sello de las míticas Chupa Chups.

Con sus bien vividos 84 años, el viejo y cansado pintor se dispuso a escuchar su disco favorito por última vez: Tristán e Isolda, de Richard Wagner. Se sentó en su sofá favorito, entrecerró sus ojos e ingreso para siempre a la dimensión onírica. Salvador Dalí murió el 23 de enero de 1989 a causa de paro cardiorrespiratorio.  

Aún a riesgo de elaborar una descripción incompleta y superficial, Dalí se puede definir como un genio creativo multifacético, cuya capacidad de inventiva estuvo muy por encima de los estándares de su época.  Explotó como nadie sus habilidades a tal punto que destacó en un considerable número de disciplinas artísticas, como la escultura, el dibujo, la pintura, el grabado y la fotografía.

Cerramos esta breve semblanza recordando una de sus frases en cuyo reflejo podemos atisbar un poco de su complicado carácter.

Creo que soy mejor escritor que pintor. Y en esto coincidía con mi padre. Lo importante de mi escritura no es el estilo, ni la sintaxis, ni los recursos discursivos; lo importante de mi escritura es sencillamente lo que digo, y eso llegará el día en que será aceptado.

Salvador Dalí

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s