¿El último adiós? Un ritual imposible con los cementerios llenos por el Covid-19

En algún lugar de Tijuana una melodía podía distinguirse a lo lejos, allá por aquellos cerros que ocultaban un laberinto de melancolía y de desgarro. Era el mediodía y el lugar se había tornado en un abismo en donde el llanto de no más de diez personas hacían de adorno a la canción que unos músicos entonaban con cierto cuidado y un poco de prisa, pues no era la única fosa a la que debían hacerle honores, ya que una larga pila de cajas esperaba a ser despedida, aunque con horarios fijos. 

Ese lugar de despedida improvisado no era más que un terreno lleno de fosas con cruces que impedían distinguir los lugares que habían sido ocupados solamente unos días antes.

 -¿A cuántos crees que vayan a traer hoy?- con rostro afligido y con sus labios partidos preguntaba Gustavo a Ricardo, su compañero de trabajo. La pregunta parecía carecer de sentido, pues la cantidad de cajas con fallecidos por el Covid-19 oscilaba alrededor de ocho diarias, con algunos días de excepción en donde llegaban incluso más de diez.

-La mera verdad compadre es que uno ya ni sabe, pues el pasado domingo esto estaba lleno de muertitos como por las seis de la tarde. Yo creo que hoy rebasamos las diez tumbas- respondió Ricardo con un gesto de desgana y de cansancio, lo cual no era extraño, ambos llevaban desde las cinco de la mañana excavando fosas sin parar para que la gente pudiera llegar a enterrar a sus familiares fallecidos.

-Así es, yo también pienso eso. A ver a qué hora vamos a poder echar taco porque ya hace hambre- manifestó Gustavo antes de volver a tomar la pala y seguir en su ardua labor sin descanso.

Ya eran las seis de la tarde, una nueva camioneta llegaba a toda velocidad con tres cajas más y alrededor de ésta, grupos de no más de diez personas aguardaban desesperadas para tomar el turno de despedir a sus fallecidos. Era una escena grotesca, digna de un relato de horror, pues el llanto que tenía lugar en el cementerio no tenía antecedente alguno; estaba lleno de muertos, era difícil conseguir un espacio para sepultar las cajas y esto solamente podía durar unos cuantos minutos, pues inmediatamente tenían que tomar su turno otros grupos para despedir a los suyos.

-Uno nunca pensó que está cosa nos iba dar en la torre a tantos de nosotros- Gustavo reflexionaba desde sus adentros mientras daba las últimas paladas para terminar con la fosa que por ti se ocuparía.

A lo lejos, podía percibir como una quebrada anciana, con el corazón desgarrado y sus lágrimas por todo su rostro se acercaba a uno de los músicos que los habían acompañado para despedir a su hijo con unas monedas en la mano.

-No, madrecita chula, nosotros ya no estamos cobrando nada, no son tiempos de ganar con nuestros muertitos. Mejor, despídase bien de su hijo y disfrute estos minutos que le quedan de turno- respondía el líder del trío musical a aquella pobre viejecita que solamente Dios sabía cuánto había llorado.

Después de presenciar semejante escena a unos cuantos metros de él, con un nudo en la garganta, Gustavo se marchaba por sus cosas, era hora de irse a casa. No obstante, tenía que preguntarle algo a Julio, su jefe inmediato y su rostro nervioso reflejaba que se trataba de algo delicado.

-Oye, Julio, antes de que me vaya te quería preguntar de aquello que la otra semana quedó pendiente- decía Gustavo con un tono delicado esperando a que Julio le contestara de igual manera.

-Cabrón, si es acerca de tu sobrino en el hospital municipal ya te digo que no creo que se pueda, hay muchos muertos que ya están para enterrarlos aquí y tú sabes que ya pronto no habrá más espacio en éste cementerio. Este lugar era para ocuparse siete años y en tres ya se llenó. Lo siento mucho, pero no sé podrá- Julio replicaba sin ningún cuidado a Gustavo mientras éste, un poco estresado y molesto, le decía que al día siguiente no podría ir a trabajar y que Ricardo tendría que excavar solo las fosas del día.

Foto: Pexels

-Mañana voy a ir al otro lado del municipio para ver en donde puedo apartar un lugar, yo no me puedo quedar con los brazos cruzados esperando a que me lo quemen o que me lo avienten quien sabe en donde- con estas palabras se despedía Gustavo de Julio y ahora se disponía a tomar su bicicleta para dirigirse a la avenida más cercana. 

El camino lleno de piedras y cubierto de lodo era un desafío para la bicicleta que ya había visto por años desgastarse en aquellos cerros su alma. No obstante, ese desafío parecía no estar a la altura de decenas de personas que habían estado por horas esperando su turno para enterrar a sus muertos. Después de todo, aquellas personas no tenían que preocuparse por cosas vanas, ya habían visto a la muerte a sus ojos y podían enfrentarse a cualquier condición. 

-Ya me imagino que ni siquiera pudieron ver a los suyos más que para reconocerlos en esas horribles cajas. No puedo imaginar que mi Luisito se vaya también así- Gustavo se decía a sí mismo mientras cruzaba ese camino lleno de llantos y de lamentos que las personas dedicaban a sus muertos. 

Al llegar a su casa, Mariana, la esposa de Gustavo, le mencionaba que habían llamado esa tarde desde el hospital municipal, la noticia era mala: Luis, su pequeño sobrino, se encontraba con un respirador tras agravarse su situación y parecía que estaba poniéndose cada vez peor. 

-¿Ya está con un respirador?- preguntaba Gustavo a su esposa mientras ésta, con lágrimas en los ojos le respondía que sí, asegurándole la situación una vez más. 

Y es que ambos sabían que el que hubieran llamado diciendo la condición del respirador significaba que debían estar preparados para lo peor. El uso del respirador, lejos de ofrecer un alivio para los familiares de los enfermos, resultaba casi en un aviso de muerte. 

-¿En dónde está tu hermana? Necesito hablar ahora mismo con ella, no tenemos lugar todavía- Gustavo le decía a Mariana mientras ésta se dirigía a llamar a Lorena, su hermana y madre del pequeño Luis.

Mientras Gustavo se disponía a marcarle a Andrés, el propietario de un terreno privado que había sido remodelado para albergar a los fallecidos por la pandemia imperante, Mariana, apresurada le decía a Gustavo que colgara el teléfono y escuchara lo que Lorena le había mandado a decir. A lo cual, Gustavo accedió al parecer sin entender el porqué de ello.

-Ya le estaba marcando a Andrés, estoy seguro de que accederá si le ofrezco lo necesario- Gustavo decía esto esperando la aceptación de Mariana.

-No, déjalo así, no vale la pena que vendas todo por eso. Además, Lorena ya me dijo que no lo va a poder ver, que ya están reunidas un grupo de personas a la espera de escuchar la hora del fallecimiento y los papeles que deben tener listos- Lorena respondía sin tapujos a su esposo, quien con lágrimas en los ojos comprendía finalmente que la preocupación máxima no era evitar su muerte, sino el poder asegurar que pudiese haber un momento de despedida, un momento que iba a ser negado si se cremaba el cuerpo, lo cual, ante la falta de espacios en aquél municipio de Tijuana, parecía la única posibilidad.

En una sociedad en donde la racionalidad se enfoca a los fines y no a los medios y en donde lo humano parece desvanecerse cada vez más debido a la cifra de fallecidos y a la creciente apatía por parte del cuerpo médico y de los servicios funerarios, la muerte es vista como un acontecimiento que se espera en cualquier momento, pues no se le teme y no se le ignora y mucho menos se busca escapar de ella, más bien, lo necesario ahora es estar preparados para todo el papeleo y las trabas burocráticas de los servicios funerarios.

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