No hay vuelos, no hay madre

Cuautla, Morelos.- Fue a las siete de la mañana del 8 de junio cuando Agustina de 70 años de edad, cargada entre los brazos de su amado, decidió darle un descanso por todos aquellos años en los que él se había vuelto su sostén.

Durante esos momentos Felipe se sintió envuelto en una burbuja, solo reaccionaba por instinto. La puso en su silla de ruedas, llamó al 911 y en 10 minutos veía llegar a la ambulancia que confirmaría el deceso.

Fue un paro fulminante. Le dijeron los paramédicos
Provocado al esfuerzo de levantarse. Pensó él.  

Entre dimes y diretes Felipe pondría a prueba sus años de experiencia como policía federal, en los que acuerdos por debajo de la mesa son muy comunes.

-No pueden llevársela, no presento ningún síntoma del virus. Les dijo

Si se la llevan la revolverán con todos los cremados y jamás la volveré a ver. Alzaba la voz

Entre llamadas con sus ex compañeros, médicos, la funeraria local y la desesperación,e se construyó un acuerdo. La dejarían velar toda la noche, pero al amanecer lo más pronto posible tenía que ser llevada al panteón.

Vivían solos desde hace tiempo, dos de sus tres hijos se encontraban en Estados Unidos, buscando ofrecerles una vida mejor o por lo menos para que sus padres no tuvieran muchas preocupaciones económicas. Las visitas a médicos en diferentes partes del país eran frecuentes, no encontraban la causa de su enfermedad, que representaba el mayor de sus gastos.

Estoy seguro que es algo neuronal. Les comentó en una ocasión un médico de Veracruz

Así las llamadas comenzaron, entre un mar de lágrimas el primero enterarse fue su hijo Javier, inmigrante indocumentado que radica en Nueva York y que por el momento en el restaurante en el que trabajaba como chef se encontraría cerrado debido la pandemia. Felipe fue breve, cinco minutos bastaron para informarle la noticia, pues en esos momentos el tiempo jugaba en su contra.

Imagino a Javier en la habitación de algún hotel de la sexta avenida, utilizado comúnmente como departamento por aquellos que viven al día, sabiendo que en cualquier momento los pueden despedir, con sus escasos metros, se encontraría sentado al lado de la ventana reflexionando las dos maneras en que podía ver esto.

La primera como una maldición de no poder despedir a su madre (recordemos que no hay vuelos y su situación de inmigrante sin documentos podría empeorar las cosas).  La siguiente es que esto le permitió hablar con su mamá en sus últimos 30 días, acercándose madre e hijo en la lejanía.

Felipe llamo a su hija menor Susana o ”susi” como se le conoce en la familia. Ella miraba en la televisión las protestas realizadas en su estado vecino por el abuso policial que se ha ejercido sobre los afrodescendientes. Miraba con atención, pues en Chicago las cosas no son nada distintas.  El teléfono sonó.

-Hola ‘’Susi’’ ¿cómo estás hija?

Felipe tenía que decirle con el mayor cuidado posible, pues Susi no solo era la menor de los hermanos, sino la más sentimental.

-Bien papi y ustedes. Contestó

-Hay hija con la noticia de que tu mami se nos adelantó.

Felipe le contó lo sucedido y que no disponía de mucho tiempo, por lo que le pidió avisarle a su hermano mayor Víctor.

A Víctor algunos lo describen como un hombre duro, estricto y necio.

-Es igualito a su papá. Le decían de pequeño

Fue el primero en aventurarse al sueño americano pero el exceso de velocidad y en su intento por sobornar al oficial de policía terminaría con él.   A su regreso el carácter del padre y del hijo se encontraron, tuvieron una de esas discusiones sin importancia donde gana más el orgullo que el pedir perdón. Nadie, ni su hijo de 24 años, supo la causa de la discusión. Solo se sabe que en Dos años estando en la misma ciudad Víctor no había visitado a su mamá, ni lo haría

Susi le envió un mensaje explicándole lo sucedido, diciéndole que dejara del lado su orgullo y que fuera ayudar a su padre, pensando que en su situación la soledad puede ser una mala consejera. El nunca contesto.

Lo imagino en su taller de bicicletas, ignorando las palabras de su hijo, haciendo esfuerzo de más al apretar el rin de la bicicleta para sustituir su dolor.

Las llamadas continuaron hacia los hermanos. Nuevamente contó lo sucedido a Rafa, Male Y Cruz en la Ciudad de México, una vez enterados sin pensarlo con cubrebocas y un pequeño gel antibacterial se dispusieron a viajar.

En zacatecas vivía el mayor de los hermanos, Armando, quien a través del teléfono era consolado por sus hijas, quienes después del divorcio de sus padres partieron a vivir a Estados Unidos, Estela culpa a Armando de la muerte de su único hijo varón por comprarle el carro que terminaría con su vida en un accidente vial. La vieja leyenda de que los espíritus se quedan donde mueren, es la causa por la que jamás dejaría solo a su hijo en la colonial ciudad.

Decidido, busco en internet comprar el primer vuelo de zacatecas a la ciudad de México y de ahí contratar un taxi.  Para su mala fortuna no había vuelos para ese día.   

Confirmanda por Felipe la hora del entierro a las diez de la mañana del día 9 de junio, fue a la Central de Autobuses y compró un pasaje para las diez treinta de la noche. con once horas de camino para llegar.

Rafa, Male y cruz llegaron a las siete del noche, con una corona de flores en nombre de la ‘’familia Sánchez’’ comprada en el camino, llegaron a la casa en donde cada 21 de agosto se llenaba para celebrar con norteños y tequila el cumpleaños de su hermana, que sorprendentemente ese día se encontraba casi vacía.
Al llegar dos señoras salían de prisa, pues el cielo gris y el sonido de los truenos, anunciaban la tormenta que caería durante la noche.

-Se fue mi compañera de vida. Los recibió entre lágrimas Felipe

Una vez pasado los momentos de dar el pésame, los cuatro se prepararon para velada, pusieron café de olla en la estufa y en lo que se enfriaba, decidieron hacer un último rosario.
Con la cabeza baja repetían ‘’ruega por ella’’ una y otra vez. Y como si por obra el espíritu de la difunta en su justa suplica de mejores condiciones para su partida, se fue la luz.

El rosario concluiría entre lámparas de celular.
Horas después entre la luz naranja de las velas, con café en mano apenas y se veían los rostros, recordaban anécdotas y lo mucho que la extrañarían cada uno a su manera.

Armando recordará de otra manera su velación. Pues en plena carretera México-Querétaro el chofer se paró de su asiento y dijo:

Guarden la calma pasajeros, el autobús de enfrente está siendo asaltado por lo que les pido que guarden sus cosas de valor muy bien y esperemos que a nosotros no nos pase nada.

Armando pidiendo un milagro que lo ayudara a llegar a tiempo agregaría otro, que su vida no corriera peligro. Pasaron al lado del autobús que tenía a los pasajeros abajo y los vidrios rotos, su autobús redujo la velocidad, nuevamente se abría la puerta que daba a la cabina del chofer.

-Por fortuna pasamos el peligro. Dijo el chofer

Armando pegó un suspiro largo y nuevamente sus pensamientos se dirijieron a su hermana.

Al amanecer la carrosa se encontraba dispuesta a llevar a la difunta al baile, de nuevo en su negativa por no poder cumplir su deseo de despedirse entre fiesta, respeto y alegría que es como se ve a la muerte en México, hizo de las suyas. La tormenta de la noche provocó que los cinco sepultureros del panteón local, no encontraran la estabilidad del suelo de la que gozaría Agustina para la eternidad, retrasando el entierro una hora.    

El retraso le permitió ver a Armando a su hermana, al hijo de Víctor despedirse en una escapada a su padre de su abuela, quien no olvidaba que en su ausencia en los Estados Unidos, fue ella quien lo crió. llorando y lamentando la ausencia de gran parte de la familia partieron todos al panteón.

Sin más describiré de manera breve el suceso de este triste, rápido y deshumanizante funeral.

Tres hombres con traje espacial bajaron apresuradamente, pero con cuidado a la difunta, en todo momento se rociaban con lo que parecía ser agua bendita. Sin rastro alguno de la tormenta de anoche, el sol traspasaba las sombrillas, doce personas (incluyendo tres trabajadores del panteón), entre cubrebocas y una sana distancia, se adivinaban los sentimientos, se veían tristemente solo los ojos. El último rezo apenas y se escuchaba.

Dos de sus hijos tuvieron que conformarse, de manera surrealista como un capítulo de Black Mirror, con un en vivo que Felipe les grababa con su mano temblorosa y un nudo en la garganta. Los hermanos temerosos se abrazaron al bajar el ataúd, el viudo arrojaría con guantes de látex el ultimo girasol que recibiría su amada.

No podemos hablar de indiferencia o la falta de empatía por parte de los demás familiares y amigos, a quienes no les quedaba más que prender una veladora en su nombre. Las circunstancias, el temor y la exposición al virus hacen que sea un mal momento para morir, cientos de tragedias llenas de dolor y frustración se están escribiendo en el alma de muchas personas. A posteriori nos dejará una gran lección de vida, pero para ello debemos aprender que no somos ajenos el uno con el otro, que si fuimos de los afortunados que vió la pandemia como una bendición no caigamos en la indiferencia.

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