El racismo y el clasismo en México no llegaron con este gobierno, solamente se hicieron visibles

El aire de muerte entraba por la ventana ya por última vez y el ventilador procedía a ceder ritmo en su ciclo de vida; la puerta del pasillo rechinaba fuertemente con el paso de la llave del seguro y la cortina de acero protectora se deslizaba con la misma fuerza de siempre. Roberto estaba cerrando su pequeño negocio, una pequeña panadería ubicada en la Ciudad de México y, finalmente, podía marcharse a su casa para olvidarse del ajetreo diario de la gran urbe capitalina al menos por aquella noche.

Cansado y fastidiado por lo que significaba laborar con medidas de protección salubre, Roberto se dirigía ahora a la parada del colectivo. Mientras echaba un vistazo rápido a su alrededor, tan desconfiado como siempre, procedía ahora a meter su mano izquierda en la bolsa trasera de su pantalón para confirmar que aún estuvieran aquellas monedas que por la mañana habían sido lo obtenido después de la compra de un jugo antigripal.

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Finalmente complacido y con una sonrisa en su rostro, comprobaba que esos pesos seguían en su sitio…

-¡Disculpe, señor…!- Una voz con un volumen alto y tono para nada familiar para Roberto se encontraba reclamando su atención. 

-¿No quisiera que le lustre sus zapatos? Nada más serían diez pesitos. Hago un buen trabajo y no me tardo mucho-

-No, muchas gracias, los acabo de lustrar por la mañana- Responde Roberto un tanto incómodo después de observar la apariencia descuidada de aquél muchacho, que además de llevar arrastrando una caja vieja y sucia con las tintas y trapos para su trabajo llevaba entre sus brazos a una pequeña de no más de dos años.

-¡Si quiere solo me da cinco pesitos, eso es todo, señor!-

-Joven, así está bien, muchas gracias- Con dichas palabras Roberto le daba la espalda a ese extraño con la esperanza de olvidarlo en cuanto estuviera a bordo del colectivo.

Inesperadamente, ese extraño con semblante taciturno gritoneó una súplica mientras se quebraba en llanto, ante la mirada confundida de su pequeña acompañante y la aparente molestia de los que se encontraban esperando la llegada del microbús.

-Por favor, deje que le limpie sus zapatos, señor, desde que llegamos a México nada más no encontramos jale para llevar el pan a la boca de los nuestros y es cosa que hace hambre de la buena. Discúlpeme, pero ando bien problemático-

Una reacción que sin duda no esperaba Roberto, y por la cual, de forma sorprendente, terminó por cambiar su actitud dura y bajaba la guardia para comparecer a una distancia más cercana con ese extraño.  

-¡Ah! ¿De dónde viene usted?- Preguntó Roberto.

-Mire, yo soy Joel, vengo de allá de Honduras; vine con tres hermanos y dos de los hijos de uno de ellos. ¡Vea! Ésta nena es una de sus crías, se llama Elenita. La verdad es que nos la hemos visto difícil, acá en México no hay jales pa´ nosotros. Queremos llegar a los Estados Unidos, pero mientras seguimos aquí-Respondía a la cuestión con todo y lujo de detalle ese extraño que ahora tenía un nombre.

-Estoy seguro de ello, pues ni para nosotros los mexicanos nos es fácil vivir en éste país; al gobierno no le importamos y los empresarios nos ven como simples piezas reemplazables- Roberto soltaba con aliento adecuado dichas palabras al muchacho Joel, mientras observaba a la pequeña con claros signos de suciedad y de malnutrición en su apariencia.

-Pero mire, tengo éstas monedas que me sobran, son como unos treinta pesos mexicanos, le alcanzan para un taco y una botellita de agua. No es necesario que lustre mis zapatos, al menos no por hoy. Tómelos y váyase a comer, justo por allá queda un pequeño local de comida- Finalizaba Roberto, después de asimilar en Joel una figura del pasado que le resultaba bastante familiar.

-¡Muchísimas gracias, señor… con esto hoy comemos Elenita y yo! Que Diosito me lo bendiga y se lo recompense con creces. Gracias, hermano mexicano- Un entusiasmado Joel se despedía gustoso de un Roberto que, a pesar de mostrarse empático, seguía con su mirada un tanto despectiva hacia ese muchacho del sur.

-Pobre hombre, no sabe en la jauría de perros en la que se fue a meter- Entre sus adentros, reflexionaba Roberto sobre la gran urbe mexicana y del ambiente hostil que significaba para gente como Joel. Una reflexión fugaz que se interrumpió al observar desde lejos la manera en la que alejaban de forma inmediata del puesto de comida a aquél joven que segundos antes había recibido su ayuda.

-¡Tranquilo, amigo, tranquilo que te voy a pagar, mira las monedas… son mexicanas!- De una forma asustada y exaltada, Joel gritaba al taquero que no tenía por qué correrlos de ese sitio, pues tenía el dinero para comprar un taco de ese local. Todo este acto estaba en curso mientras los clientes que formaban una fila en ese sitio no solo se limitaban a observar y, por el contrario, procedían a expresar de igual modo la misma actitud agresiva del encargado del local para con Joel.

-Sí, sí… ya contigo serían tres los ilegales que no me pagarían en esta semana; ustedes nada más piden y se echan a correr como lo que son, ya no me trago otra de esas. ¡Vete, antes de que le hable al policía de por allá para que te lleve a la fregada!- Fue el ultimátum con el cual, aquel señor enajenado de su realidad y proteccionista del statu quo despedía de su local a dos desconcertados ciudadanos de la Tierra que no lograban entender lo que sucedía, pues solamente no querían morir de hambre.

-Bien dicen que el jodido no tiene cabida en casa ajena- Expresaba Roberto, que después de ver la escena a solo metros de él, procedía a toda velocidad a dirigirse hacia el lugar de aquellos hechos con un sermón entre saliendo de sus labios. En ese momento, Roberto no comprendía por qué sus piernas le dictaban la dirección a la que se dirigía, después de todo, al que quería auxiliar era un desconocido al cual minutos antes había otorgado un par de monedas… solamente eso.

-No, no… ya me voy, disculpe, disculpen todos-

Un momento que parecía finalizar y desvanecerse en el aire, pero que de pronto se torna en una escena que no pareciera ser propia de un país que forma parte del mal llamado bloque tercermundista, al contar con la presencia de un Roberto agitado por la pequeña carrera que había realizado desde el otro lado de la avenida.

-¡Ajá!, si fuera uno de nosotros en el otro lado el que estuviera siendo corrido de un lugar de allá estuviéramos pegando el grito en el cielo reclamando justicia y tolerancia- Con ceño fruncido y voz endurecida, y muy a pesar de contar con la mascarilla sanitaria que le dificultaba la oratoria, mencionaba lo anterior a todos los que se encontraban siendo jueces y dictando sentencia en contra de Joel y la pequeña Elena.

-¿Usted va a pagar todo lo que se vaya a tragar este cabrón? Y si no lo va a hacer mejor ni se meta- Respondía una voz desde el interior de la cocina. Al parecer, se trataba de la hija del taquero, una niña de apenas 14 años, pero que contaba con una cosmovisión propia de un adulto resentido con lo desconocido.

-¡Ya la escuchó! Todos necesitamos comer en estos tiempos, no intente hacerse el samaritano en estos momentos, que yo ya no voy a perder ganancias a lo tonto- Sentenciaba el señor que algunos minutos atrás había insultado y alejado al joven inmigrante.

-No puede hablar así, el propio joven le enseñó el dinero con el cual iba a pagar… yo fui quien le dijo al joven que se dirigiese hacia acá para que pudiera consumir algún alimento…- Replicaba Roberto esperando ilusamente que el corazón de aquel individuo lograra ablandarse y le permitiera comprender que su reacción no era la adecuada.

-No, además este cabrón no trae ni el cubre bocas… ¡váyanse ya, o realmente le diré al poli de allá que se los chingue!- El eco de un temor irracional se hacía latente en ese pedacito de ciudad, un momento muy familiar para muchas personas que le tienen que rezar a Dios en tierra ajena.

-¡Varios de sus clientes no tienen el cubre bocas y así los está atendiendo! No comprendo su argumento-

-Ese mugroso a lo mejor y tiene esa cochinada en la ropa, no vaya a ser que nos la pegue aquí formados- Respondía una voz entre los clientes, refiriéndose a la posibilidad de que Joel pudiera portar el virus imperante.

Al observar la situación y el consenso de la mayoría sobre lo último dicho, Roberto comprende que no lograría de ninguna forma esperar atención de manera tranquila e indiferente en ese local de comida junto con Joel. Así que de forma cortes y pacífica, procede a retirarse de dicho escenario y llevarse con él a Joel y Elenita para buscar otro local de comida en la Ciudad de México; una búsqueda a las nueve de la noche y con la obscuridad desbordando sobre los rascacielos de la urbe periférica.

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Fuente: PEXELS

Los tres, claramente trastocados en su moral, caminaban sin un rumbo fijo. Mientras Roberto fingía seguridad y certeza en su andar, Joel lucía como un niño desprotegido que no sabe hacia dónde dirigirse. Además, a Roberto le resultaba increíble que hubiera sido él uno de los protagonistas de un acto que parecía ser satírico y propio de un territorio ajeno. Es así que finalmente decide algo prudente y sencillo.

-Espérame un par de minutos aquí en lo que yo compro algo de comida para ustedes, así todo será más sencillo-

-Claro que sí, hermano, yo te espero aquí- Sin tener otra cosa más que decir, Joel resignado acepta la propuesta.

Roberto entendía que Joel se encontraba herido, lo habían golpeado en su espíritu de manera férrea al igual que a un extraño que ha interrumpido como ladrón; lo dejaron en su desnudez mediata y lo trataron como un siervo que una vez abandonado su redil, debe pedir perdón por recaer en una pradera más grande.

-Toma, son dos tortas y dos refrescos, con esto se te pasa el hambre al menos por ésta noche. Ve y siéntate en esa banca, es un parque y nadie te va a recriminar nada si la ocupas. Cuídate mucho y que te bendiga Dios, Joel. Yo ya me tengo que ir- Con estas palabras, la despedida de Roberto hacia Joel se hacía al fin efectiva; ya no había gente acechándolo y manifestando prejuicios en su contra. Y los dos se dirigieron a sus respectivos hogares; Roberto se marchó con rumbo a su casa en Azcapotzalco y Joel se dirigió hacia aquél parque, esperando ocuparlo al menos por esa densa noche.

-¡Vaya escena! Jamás pensé que me enfrentaría a un hecho como este, debo haberme vuelto loco con esto de la pandemia como para pelearme por un desconocido… o bueno, quizá uno no tan desconocido para mí- Se decía Roberto, ya a punto de llegar a casa mientras recordaba que algunas décadas atrás él había compartido la misma experiencia al haberse marchado a Estados Unidos, con apenas unos tenis viejos pero con muchas ganas de trabajar y ganar en dólares. Una experiencia que le había minado su espíritu, pero que también le había dejado un pequeño negocio; le había otorgado la actitud de un extranjero en la tierra.

Ya en la parte final del viaje de regreso a su casa, mientras se encontraba sujetado de una mano en el barandal del microbús, Roberto logra oír partes de una conversación entre dos jóvenes, una conversación que en su contenido cuestionaban la decisión de una famosa cadena de televisión por haber terminado con uno de sus programas.

-Güey, ¿qué les quitaba dejarlo como si nada? La corrección política está terminando con la comedia-

-Lo sé, pero lo que más me molesta es que ese idiota no entienda que es parte de su contenido de trabajo, Chumel siempre ha sido así-

-Ese pinche ignorante es de Tabasco, ¿cómo va a entender la comedia de internet? Con los que se entiende son los mismos nacos que votaron por él-

 La conversación llega a su fin al menos para Roberto, que se ve forzado a bajarse del transporte, pues ya había llegado a su destino.

-¿Qué tiene que sea de Tabasco?- Una pregunta que se había alojado en la cabeza de Roberto y que con el afán de responderla de forma lógica, había llegado a su casa sin percatarse del tiempo que llevaba caminando.

-¡Ya llegó mi papá!- Se escuchaba por toda la casa el grito profundo de Mónica, la pequeña hija de Roberto, quien llena de júbilo se abalanzaba tras sus brazos apenas y daba un paso al interior de la casa.

-Moni, estoy un poco cansado por el trabajo de hoy, mejor mañana jugamos, ¿de acuerdo? Acompáñame a cenar mejor, que tengo demasiada hambre- Con delicadeza y ternura le decía a su pequeña hija, esperando recibir una mejor respuesta de una criatura inocente que de los maduros jueces de la urbe elitista.

-Bueno, pero llévame a la tienda, quiero un jugo de mango… ¿sí?- Le replicaba la pequeña sabiendo que era una orden y era verdaderamente cuestión de tiempo para que consiguiera lo suyo.

-Vamos, pues- Resignado y sonriente, levantaba a su pequeña hija con dirección a la pequeña tienda de abarrotes.

Al llegar a la tienda de la esquina, Roberto se percata de que el televisor de Don Luis está sintonizando algo interesante; están hablando en el noticiero nocturno acerca de un personaje mediático que ha sido sacado del aire debido a algunos comentarios racistas y clasistas, pero de igual modo argumentan que esto se debe al discurso de odio que el presidente del país ha construido en su mandato.

-Ese Obrador llegó nada más a dividirnos entre fifís y chairos; antes no se veían estas censuras descaradas- Comentaba en voz alta un joven que fumaba un cigarrillo mientras veía dicha nota.

-Así es, en México los ataques clasistas comenzaron con la llegada de ese pinche viejito loco- Finalizaba Ricardo, el hijo de Don Luis.

-Pero no te metas con su “chocoflan”, que ya no se aguanta después- Finalizaba alguien más entre carcajadas.

-En México siempre hemos sido así, no creo que sea culpa de ese señor- Respondía Roberto al aire, apelando a alguna reacción de los que se encontraban en la fila o del mismo Ricardo.

-Nosotros somos mexicanos; somos morenitos y chaparros, además de feos, ¿por qué crees que nos divide este señor? Solamente quiere apoyar a los que ni trabajan ni estudian para que voten por él, ¡nos quiere divididos!- Ricardo, con la prepotencia que le caracteriza, trataba de definir a los mexicanos con su descripción detallada, características con las que por supuesto él no contaba.

-Ajá, los mexicanos somos así, Ricardo, justamente así, sobre todo los famosos que salen en la televisión…- Eran las palabras de Roberto, mientras éste tomaba a su pequeñita en brazos y volvía a su casa. Y aunque le pareció escuchar algunos murmullos entre los presentes, solamente se limitó a seguir su paso.

-¿Y mi jugo?- Extrañada, Mónica le cuestionaba a su padre la decisión de haberse marchado sin cumplir el propósito de su visita a la tienda.

-¿Qué te parece si mejor vamos con tu mamá a ayudarle a preparar una jarra de agua de limón? Estoy seguro de que te gustará mucho-

-Sí, pero yo le pongo el azúcar-

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