El vagonero que burló a la muerte

Cuando el deteriorado reloj marcó las 5 de la mañana, Jacinto Hernández, de 68 años se incorporó dificultosamente de la colchoneta que yacía penosamente sobre el suelo, sin que hubiera un tambor de por medio. Con los escasos rudimentos que alcanzaban sus entendederas, procedió a preparar “agua de calcetín” con los restos de café del día anterior y algo de agua que le regaló el grifo enmohecido de su jacal.

Habiendo absorbido el extraño menjurje a una velocidad que casi le provoca un choque pulmonar, tomó algo de mercancía y se aventuró al exterior, sabiendo que, a su edad, la muerte lo acechaba a cada paso. Las noticias se lo recordaban a cada instante: la curva de contagios por coronavirus no cedía y las estadísticas revelaban que entre los decesos figuraban muchos de sus congéneres.

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Jacinto era vagonero, vendedor ambulante de productos de ocasión. Churritos, paletas, cacahuates, pirinolas y barajas españolas -más bien chinas- conformaban su muy quemado repertorio.

Cuenta entre sus conocidos, que un día que no lo favorecieron los astros, perdió una caja completa de pastillas para la tos, que con mucha impotencia vio caer a las vías por un descuido.

En otra ocasión se peleó con un pseudo invidente que lo apaleó ferozmente con un bastón metálico hasta que llegó un oficial en su auxilio de forma tardía.

“Son los gajes del oficio”, comentaba con una sonrisa idiota a todo aquel dispuesto a escuchar su cháchara inconexa.

Al llegar a la terminal de Indios Verdes, vio materializados sus más profundos temores frente a él. Una escolta de policías y especialistas en epidemiología cargaban una pesada capsula sobre sus hombros, desplazándose con amplias zancadas ante la mirada atónita de la concurrencia.

Al entornar la mirada Jacinto alcanzó a distinguir a un hombre en el interior de la cápsula cuya edad era similar a la suya.

–Ese pude haber sido yo – Caviló, al tiempo que frotaba su ajada barbilla sin rasurar.

Sin pensarlo mucho dio media vuelta sobre sí y retornó a su jacal en la calle Panitzin, al filo del Cerro de Guerrero.

Esa tarde de julio acudió a la papelería “el clipsito” y pidió medio metro de hule cristal, del mismo con el que forraba los cuadernos de sus hijos algunas décadas atrás.

Con un par de botes de cemento y unos palos viejos de escoba, montó una improvisada barrera para después colocarla frente a la mesa donde había puesto su mercancía.

Ya desde su jacal, reconvertido súbitamente en changarro, recordó el viejo proverbio nacional: “Es mejor que se diga… De aquí huyó un cobarde… Que aquí murió un valiente”.

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