Charles Bukowski, el escritor de la persistencia

Aun con los múltiples tropiezos que experimentó desde su infancia temprana, el máximo exponente del realismo sucio logró lo que pocos al enfrentarse al complicadísimo oficio de escribir. Sus primeros años como profesional no le redituaron los frutos esperados ni mucho menos el reconocimiento de la crítica, la cual no supo comprender lo ácido de sus textos, lo convulso de su narrativa, y la crudeza mordaz de sus reflexiones

De origen alemán, Charles nació hace un siglo en la Ciudad de Andernach; lugar donde su familia permaneció hasta 1923, cuando decidieron que lo mejor era mudarse a otro país para evadir las precariedades económicas provocadas por la Primera Guerra Mundial. El lugar elegido: una pequeña localidad en Baltimore, Estados Unidos.

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La transición no fue fácil para el futuro escritor, su infancia transcurrió entre mofas y abusos de sus congéneres debido a su peculiar acento y aspecto extranjero. Posteriormente, su juventud se desarrolló de forma similar, haciendo de Charles un hombre arisco, solitario y de carácter endeble. La mala relación que sostuvo con su padre también fue decisiva para moldear su personalidad.

Tras dos años de estudios en arte, literatura y periodismo, Bukowski abandonó la universidad para cristalizar su primer intento formal como escritor, vagando sin rumbo, aceptando trabajos sencillos y hospedándose donde sus efímeras ganancias le permitían.

A lo largo de su pequeña gira por el país, adquirió nociones más profundas que le permitieron escribir con mayor soltura. Poemas, relatos cortos y otros escritos similares comenzaron a nutrir su creciente repertorio de textos. Aunque sin el éxito esperado, solo logró publicar un par de aportaciones en dos revistas independientes: Aftermath of a Lengthy Rejection Slip (1944) y Twenty Tanks From Kasseldown (1946).

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Además de la decepción provocada por el difícil proceso de publicación de aquellos años, Bukowski desistió temporalmente de sus aventuras como escritor tras su binomio de relatos fallidos.

Después de una década sin volcar sus pensamientos en el papel y con un empleo poco satisfactorio en una oficina de correos, el futuro de Charles como escritor parecía empañarse con gran celeridad, al tiempo que su vida transcurría entre bares y tugurios de mala muerte. Este ritmo de vida repleto de excesos y alcohol terminó provocándole una úlcera sangrante de gravedad, motivo por el cual fue hospitalizado en 1955.

Con 35 años contados y después de su experiencia cercana a la muerte, el escritor comenzó a redescubrir su faceta como poeta. Como si se tratara de una epifanía, Charles regresó a las letras, abandonó su puesto en la oficina postal y dos años más tarde se casó con Barbara Frye, quién también escribía poesía. Para 1959 estaban divorciados, Bukowski regresó a la bebida y a su antiguo puesto en la oficina postal. En muchos aspectos, esto supuso volver al punto de partida, salvo por una pequeña diferencia: continúo escribiendo incansablemente.

Persistir, insistir y no desistir

Charles hizo de la triada anterior su estandarte personal durante los próximos años de su vida. Con una fuerza de voluntad inquebrantable, incorporó el habitó de la escritura a su cotidianidad como quien se va a dormir todas las noches. Aprovechó cada instante que le proveían los tiempos muertos en la oficina postal y otros trabajos de medio pelo para reforzar su habilidad con las letras. Al final sus esfuerzos rindieron frutos. El reconocimiento del público llegó y con ello la oportunidad de hacer rentable su ocupación como escritor.

En 1969 su vida dio un vuelco inesperado a partir de la dupla que formó con John Martin, fundador de la editorial Black Sparrow Press. Martin creyó en el trabajo de Bukowski y le ofreció una remuneración mensual de 100 dólares para impulsar su carrera. Charles aceptó el trato, abandonó su puesto en la oficina postal y se dedicó de lleno a escribir. No bien pasaron tres meses fuera del correo cuando el escritor estrenó de manera oficial su primera novela terminada: Post Office; una obra autobiográfica cuyo protagonista es Henry Chinaski, su alter ego.

La trayectoria de Charles deja entrever una máxima mil veces repetida por hombres ilustres a lo largo de la historia: el mundo es de los que persisten.

Sin importar las vicisitudes de la vida, Bukowski no se dio por vencido. Para muchos escritores llegar a los 50 supone el ocaso de su carrera, sin embargo, fue a esa edad donde el trabajo del alemán comenzó a florecer y continuó elevándose en crescendo hasta el final de sus días.

Curioso es el epitafio que dejó inscrito en su última morada: “No lo intentes”, una sentencia que se ha interpretado de muchas formas. Sin embargo, la más aceptada tiene que ver con la creencia de Charles respecto a la libertad creativa: un escritor no debe realizar esfuerzos sobrehumanos o pensar demasiado para expresarse, todo debe venir de forma natural.

El hecho de “intentar por intentar” por si mismo es indicativo de un esfuerzo fútil. Ya lo dijo en el poema titulado Tira los dados:

“Si vas a intentarlo,

ve hasta el final.

De lo contrario no empieces siquiera”.

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