Así es como deportistas y artistas locales sobreviven a la pandemia

Sólo dos niños pequeños entrenan sobre el ring de box, un espacio en el que antes de la cuarentena se reunían más de veinte personas al día: niños, adolescentes, adultos, incluso familias completas. Hoy ya no se escuchan los golpes al costal, las cuerdas de saltar, las tarimas del ring, ni los gritos de emoción o cansancio después de una larga jornada de entrenamiento.

Marcelino Cruz abrió este pequeño gimnasio en octubre de 2019 con la idea de entrenar a las personas de la colonia El Chamizal, en Ecatepec de Morelos, y que paulatinamente éste se convirtiera en un espacio importante para quien quisiera practicar este deporte. Desafortunadamente, la pandemia provocada por el COVID-19 lo obligó a suspender su objetivo, además de forzarlo a cerrar el gimnasio durante los cuatro meses que las autoridades de salud recomendaron quedarse en casa. 

Marcelino ha retomado paulatinamente los entrenamientos pero con menos alumnos.
Foto: Isaac Salazar

Así como Marcelino, muchas personas que se dedican a impartir actividades deportivas o culturales en espacios pequeños se vieron en la necesidad de suspender sus clases y esperar a que las condiciones de salud fueran más permisivas para poder regresar a sus áreas de trabajo. 

Un caso similar al del señor Cruz es el de la profesora Danaé Barajas. Ella imparte los talleres de ballet y danza folklórica en la Facultad de Estudios Superiores Aragón desde 2011, lamentablemente, al igual que todas las instituciones educativas del país, ésta permanecerá cerrada hasta el próximo año, quitándole el espacio para seguir laborando.  

Danaé se vio en la necesidad de dar su clases online con un recorte a su sueldo. Foto: Xanthé Tovar

A diferencia de las instituciones culturales solventadas por el Estado o de las grandes cadenas de gimnasios, los pequeños espacios recreativos dependen más de la asistencia constante del público, pues muchas veces se ven muy presionados por cubrir la renta del lugar.

A pesar de que Marcelino no debió pagar una renta porque su zona de trabajo es propiedad suya, sí resintió mucha la nula asistencia de sus alumnos, “me sostenía de esto nada más y pues ahí estábamos aguantando a que pasara esto; no había más que aguantar”.  

Otra alternativa de trabajo fue dar clases online, como lo hizo Danaé, “desde los primeros días de abril comenzamos a retomarlo online. Al principio yo traté de dar las clases teóricas porque la danza es un fenómeno totalmente corporal, en el que claro que puedes ver un video y aprender unas cosas, pero la danza en especial creo yo que requiere la presencia del maestro y el alumno, el contacto físico, la sociabilización”. 

Gano seis mil pesos al mes y me recortaron cuatro mil. Con eso no puedes comprar ni la despensa del mes”

Sin embargo, esto no ayudó mucho en su situación, pues a pesar de estar contratada por la UNAM, de tener un salario fijo y estar sindicalizada, le recortaron dos tercios de su salario, “gano seis mil pesos con mis horas de honorarios y mis horas sindicales mensuales, y de pronto me quitaron cuatro mil pesos, y con lo que me quedó pues tú sabes que no puedes comprar ni la despensa del mes”.

Aunado al impacto económico, la cuarentena también afectó en lo emocional a personas acostumbradas a expresarse a través del cuerpo. “Me ha costado mucho trabajo porque yo disfruto mucho el contacto con mis alumnos, el ir a la escuela sí es terapéutico, platicar con ellos; sé quiénes son, sé lo que hacen. Entonces de pronto no verlos también me ha costado mucho trabajo, sentirme tan aislada, tan alejada de mis alumnos, de la gente que quiero allá”, comenta Danaé.

“A raíz de que yo me he sentido triste pensé en enfocar mis clases al manejo de estas emociones, que no necesariamente tienen que ser negativas pero sí tenemos que encontrar la manera de encauzarlas”, añade. 

Como muchos mexicanos, Danaé y Marcelino pensaron en distintas formas de seguir generando ingresos para sobrevivir, ya fuera dentro de sus áreas de trabajo o no. 

“Cuando pasaron ya dos meses de la pandemia, que estaba ya muy fuerte todo esto, pues ya empecé a tener que salir de la casa a buscar otra forma de ingresos, a buscar entrenamientos pero ya personales, de uno a uno, con gente que ya conocía.  Empecé a ofrecerle mis servicios con las condiciones de usar cubrebocas, gel antibacterial, todos los protocolos para estar limpio de cualquier virus”, comenta el entrenador físico de 41 años.

Por su parte, Danaé había pensado en vender pastelitos entre sus amistades para ir “sacando algo”, “incluso pensé en dar clases por mi cuenta pero los grupos que yo trabajo son universitarios y la cuestión económica de ellos es que no tienen mucha posibilidad de pagar otras cosas. Al contrario, yo trato de que todo vaya siendo muy económico porque sé que cuando estás estudiando a veces sólo traes lo de tu pasaje”.

“Yo no he podido armar un grupo por mi cuenta porque mis alumnos no siempre tienen las oportunidades de pagarme y si estoy en la universidad ellos tienen acceso a mis clases. Siento que no hay empatía por entender que es nuestro trabajo, que no es tan fácil decir que nos van a quitar una parte de nuestro sueldo porque no hay gente, porque no estamos yendo, que nosotros comemos de esto”.

Dentro de todas las carencias que la cuarenta visibilizó, fue que muchas veces las políticas públicas no le dan el valor necesario a las actividades deportivas y culturales; y mucho menos a las que no dependen del Estado, como son los espacios recreativos independientes que van dirigidos a pequeñas comunidades. 

Marcelino y Danaé coinciden en la importancia de sus respectivas actividades dentro de la sociedad. “Es una forma de liberar tensión y deasburrirse, se ejercitan. Con el hecho de estar todo el día en su casa aquí vienen un rato a moverse, distraerse y olvidarse un rato del encierro y pues eso les sirve mucho porque aparte están activándose, no se quedan quietos y eso les ayuda a liberar un poco de tensión y estrés por estar encerrados”, reafirma el maestro de box.

“A mí me encantaría que la gente se diera cuenta que lo que nos mantuvo ligeramente cuerdos fue la posibilidad de ver una película, escuchar música, hacer ejercicio […] esto fue lo que nos salvó un poco de no enloquecer”, comenta Danaé. “Espero que se genere un poco de consciencia. También me doy cuenta que la realidad apunta a que vamos a seguir siendo muy azotados económicamente porque las cosas se van a ir normalizando y los últimos vamos a ser nosotros; los conciertos, las funciones; así que tendremos que seguir resistiendo”.

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