¿Por qué sentirse orgulloso de ser mexicano?

Con el fin del llamado mes patrio muchas de las celebraciones y tradiciones más importantes para los mexicanos hacen una pausa esperando el próximo año. Se guardan los adornos, las banderas tricolor, los sombreros charros y quizás, tal vez, incluso el orgullo nacional. 

Conmemorando el 210 aniversario del inicio del movimiento de independencia, este año atípico -principalmente por la contingencia- invita como cada año a cuestionarse la importancia de las llamadas fiestas patrias y la lucha armada que dio origen a los Estados Unidos Mexicanos.

Para Rodrigo Moreno Gutiérrez, del Instituto de Investigaciones Históricas (IIH) de la UNAM, la celebración del día 15 “no es sólo un asunto de autoridades, es netamente popular, aunque no siempre fue así, por lo que la importancia es mayúscula toda vez que supone consolidar un sentido de identidad en esa comunidad que creemos que somos”.

Los tiempos modernos implican hacer una valoración real sobre la importancia del sentimiento nacionalista, porque como un impulso colectivo puede generar un cambio positivo. Sin embargo, Moreno Gutiérrez explica que el nacionalismo también puede fomentar expresiones de intolerancia y de exclusión en una sociedad que presuntamente enarbola lo contrario.

Esto lo hemos visto reflejado principalmente con el presidente Donald Trump, que a través de su discurso de ‘América primero’ o ‘Hagamos a América grande otra vez’ desató un sentimiento de supremacía entre los estadounidenses. Incluso los movimientos de ultraderecha en Europa que han ganado fuerza emplean discursos xenófobos para acrecentar sus seguidores.    

“A veces el nacionalismo hace oído sordos de lo que decimos que somos: un país diverso, multicultural, pluriétnico, y ese discurso no embona tan sencillamente en un discurso nacionalista, que puede tener expresiones discriminatorias o xenófobas, que creemos que sólo pasan en otros países”.

Y es que como cualquier cultura, país o etnia, la idiosincrasia del mexicano tiene sus fallas que se traducen en complejos arraigados desde el nacimiento de esta nación. Factores que se reflejan en carencias que muchas veces representan un atraso cultural, ya sea en el ámbito educativo, político, social e incluso del autoestima de cada individuo cuando se compara con un pueblo extranjero. 

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A pesar de que este país cuenta con una riqueza multicultural envidiable, muchas veces el sentimiento de inferioridad es latente, incluso llegando a avergonzar al mexicano por sus raíces indígenas. Otro de los defectos que aún hoy son más latentes es el machismo, porque desde el léxico empleado en el argot  popular trata de imponer una superioridad en el lenguaje reflejado principalmente en el “albur”. 

El filósofo mexicano Samuel Ramos hace una análisis muy destacado en su obra El perfil del hombre y la cultura en México (1934), donde profundiza en la herencia española y cómo ha evolucionado la multiculturalidad de los mexicanos. Respecto al machismo y a la intención de imponerse a través del lenguaje, Ramos lo explica así: como el sujeto carece de todo valor humano y es impotente para adquirirlo de hecho, se sirve de un ardid para ocultar sus sentimientos de menor valía.

Actualmente, enfrentamos constantemente discursos nacionalistas, que en vez de unir a la sociedad en un sentimiento por el bien mayor, crean una polarización, que si bien, es claro que las condiciones sociales en este país nunca han sido las mismas para todos, provoca que los antagonistas sean todos aquellos que no son como “yo”.

Una última crítica a ese sentimiento nacionalista se puede reflejar en el grito del pasado 15 de septiembre: ¿por qué gastar 12 millones de pesos -casi tres millones más que el año pasado- en un festejo televisado y que casi nadie podría disfrutar en vivo?

Ramos explicaba esto como que “la frecuencia de las manifestaciones patrióticas individuales y colectivas es un símbolo de que el mexicano está inseguro del valor de su nacionalidad”. 

Sin embargo, a pesar de todas las contradicciones o desventajas que expone esta idea, también es importante enfatizar que muchas veces ese sentimiento ha salvado naciones, ha impulsado revoluciones que buscan el bien común o la lucha por los derechos humanos.

ALTA TRAICIÓN

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

JOSÉ EMILIO PACHECO 

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